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Bye bye ébola

Los antropólogos han sido claves para llegar a este momento

Seis de diciembre de 2013. Un niño de unos dos años muere en Guéckédou, una ciudad al sudeste de Guinea-Conakry, mientras infecta a su madre, su hermana y su abuela. Sin saberlo, se ha convertido en el primer caso de esta epidemia de ébola, la más terrible de la historia. Hoy, 769 días, 28.637 infecciones y 11.315 muertos después, ha llegado, por fin, el final de esta pesadilla, y el mundo dice adiós, de momento, al virus más temido.

 

Hoy, en su actualización de casos semanal, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publica que ya han pasado 42 días [el doble del período de incubación de la enfermedad] desde que el último infectado por ébola de Liberia diera negativo por segunda vez en los análisis del virus en sangre. Esto significa que el país está, por fin, libre de ébola, lo que a su vez supone que la epidemia ha quedado extinguida, ya que los otros dos países afectados interrumpieron la transmisión del virus el pasado 7 de noviembre (Sierra Leona) y el 29 de diciembre (Guinea), respectivamente.

 

Si para algo ha servido esta explosión de un virus que ha puesto en jaque a tres países [además de dejar casos en Italia, Malí, Nigeria, Senegal, España, Reino Unido y Estados Unidos] ha sido para conocer una enfermedad que, en sus inicios, allá por marzo de 2014, cuando Médicos Sin Fronteras (MSF) advertía de que éste era un "brote sin precedentes" y muy distinto a los anteriores, era prácticamente desconocida

 

 

Un virus desconocido

A pesar de que el virus surgió por primera vez en el año 1976, poco o nada se sabía sobre él cuando cada semana los muertos se contaban por cientos, no había medios ni personal para controlarlo y la OMS parecía no reaccionar ante las llamadas de auxilio de las organizaciones que estaban en el terreno. Poco, salvo que el virus mata a entre el 50 y el 90% de quienes lo contraen, y que su tratamiento se limita a una terapia de soporte para los devastadores efectos del virus, como la fiebre, la diarrea, los vómitos y el dolor.


Hoy, más de dos años después, sigue sin existir una forma de curar la enfermedad -se han utilizado varias terapias experimentales pero ninguna está aún oficialmente aprobada-, aunque la comunidad científica sí ha parido, en tiempo récord, una vacuna contra el virus, que llegó, no obstante, cuando la epidemia ya estaba más o menos estabilizada.

 

En todo este tiempo, se han escrito cientos de páginas sobre el ébola que contaban historias de muerte pero también de supervivientes, de familias rotas por la pérdida o de médicos, enfermeros, pediatras o logistas que se entregaban a la lucha contra este letal virus, a veces pereciendo en el intento, ya que la epidemia se ha cebado, precisamente, con quienes combatían contra ella

 

La huella de los antropólogos

Pero en ese relato sobre el ébola ha quedado silenciada una parte importantísima, para muchos esencial, de la respuesta a la epidemia: el trabajo de los antropólogos.

El presidente de MSF, José Antonio Bastos, decía hace ya meses que este brote les había hecho darse cuenta de la labor crucial de estos profesionales en una emergencia sanitaria de este calibre. "Cuando nos enfrentamos a una enfermedad como el ébola, que provoca una ola de terror tan grande, el entender bien a quién nos dirigimos y conseguir que ellos nos entiendan, es vital. Primero, por nuestra propia seguridad, y segundo, porque si no tenemos una respuesta adaptada, no es que ésta vaya a ser menos eficaz, es que será completamente inútil", señala Bastos, quien explica que, si bien antes contar con un antropólogo en una misión era una especie de lujo, el ébola ha supuesto "la entrada por la puerta grande" de estos profesionales en la acción humanitaria.

 

Para Timothy La Rose, especialista de comunicación de UNICEF que ha estado en Guinea desde el inicio de la epidemia, la de los antropólogos ha sido, nada más y nada menos que "la parte más importante para acabar con el ébola". Ellos se han revelado como una pieza esencial para entender el comportamiento de la gente en una enfermedad fundamentalmente social, que se extendía a través del contacto humano, y cuyas reacciones ante las medidas de control para frenar la expansión del virus no siempre eran bien recibidas. "No había forma de ganarse la confianza de la gente que tenía que permitir el acceso a los equipos médicos sin entender y respetar su cultura, su lenguaje y sus tradiciones", explica La Rose.

 

Tal es la importancia de la labor antropológica en la historia de esta epidemia que, Barry S. Hewlett, antropólogo en la Universidad de Washington, considera que si ésta "se fue de las manos" fue precisamente "por la falta de conocimiento y comprensión sobre las comunidades locales, y porque, debido a los recortes presupuestarios de la OMS, los antropólogos no participaron en la respuesta desde el principio".

 

Y es que saber cómo dirigirse a las personas es prioritario en una emergencia sanitaria, y no hacerlo correctamente puede acarrear un alto precio. "Algo tan sencillo como decirle a la población que no comiera murciélagos [el ébola puede contagiarse a través de ellos] fue un tremendo error que la gente no entendió, ya que llevaban años comiéndolos sin provocar una epidemia", dice.

 

La necesidad de comprender a las comunidades

De esta forma, acercarse a los afectados desde una perspectiva socio-cultural, entender cómo se estructuran sus familias, qué concepto tienen de la medicina, cuáles son sus creencias y valores, qué les parece bien y qué no están dispuestos a aceptar, saber cómo se enfrentan a la enfermedad y dónde buscan tratamiento... Todo eso es crucial para ser capaces, no sólo de conseguir que las comunidades locales no se sientan ignoradas o humilladas por los equipos médicos internacionales, sino que, además, se impliquen en la respuesta a la emergencia.

 

Si esto es necesario en cualquier contexto humanitario, en una emergencia como la del ébola, donde los tres países asediados por el virus suman más de 22 millones de habitantes, se vuelve obligatorio. Tal y como explica a este periódico Annie Wilkinson, antropóloga del Instituto de Estudios de Desarrollo e integrante de la Plataforma de respuesta antropológica al ébola, en una epidemia como ésta, "puede haber diferencias muy importantes entre las prioridades de las autoridades, las de los trabajadores de la salud y las de la población local, y esto puede llevar a resistencias, desconfianza y frustraciones". Eso se evidenció, por ejemplo, en algunos episodios de violencia en zonas donde la población no aceptaba los toques de queda o las cuarentenas. Los antropólogos deben estar ahí para captar todas las sensibilidades y conseguir que se desarrollen estrategias que cubran las necesidades de los afectados y sean, al mismo tiempo, médicamente seguras.

 

Porque, tal y como apunta Segimón García, antropólogo de MSF, al principio, "se intentó controlar este brote de una forma un poco militar, pero después se vio que ése no era el camino, y que lo que había que hacer era dar explicaciones, ver cómo la gente las entendía, y a partir de ahí, actuar". Así, una vez que los equipos multidisciplinares fueron capaces de ganarse la confianza de los afectados, "las resistencias violentas fueron cayendo y la gente empezó a ir a los hospitales y dejó de esconderse", dice La Rose.

 

Un antes y un después

A pesar de que pudiera parecer que el objetivo de los antropólogos es convencer a la gente para que haga ciertas cosas, su labor es justo la contraria, según explica Wilkinson: "Nuestro trabajo es ir a los pueblos y ciudades y preguntar a la gente sobre sus preocupaciones, y con esa información, readaptar las políticas y prácticas de salud públicas para poder abordar sus necesidades".

 

Concretamente, explica García, con el ébola, se han tenido que analizar "los hábitos y las costumbres de la gente y ver cuáles entraban en contradicción con la prevención y el tratamiento de los casos". En opinión de La Rose, ser capaz de hacer esto correctamente fue lo que marcó un antes y un después en la curva de la epidemia: "Obviamente, mantener los períodos de aislamiento y tratar a la gente era imprescindible, pero trazar uno a uno los contactos, sentarse debajo de un árbol durante horas a escuchar las inquietudes de la gente, corregir los malentendidos y disipar los rumores [como que el ébola se contraía por la vacunación], volver una y otra vez a los mismos pueblos... todo eso fue lo que realmente acabó con la epidemia", afirma.

 

El trabajo no acaba aquí

Cada una de esas pequeñas acciones ha hecho posible que hoy, 14 de enero, gracias al trabajo de miles y miles de personas, África Occidental y el mundo entero puedan celebrar la que sin duda será una de las mejores noticias de 2016: que se ha acabado el brote de ébola, que se ha puesto fin a tantos y tantos meses de muerte y sufrimiento.

 

Sobra decir que lo que viene ahora requerirá de un esfuerzo tan titánico o más como el realizado durante la epidemia, y que pasará, principalmente, por desterrar la estigmatización de los supervivientes y por reforzar los sistemas de salud de tres países que deben estar preparados para un eventual resurgimiento de casos. No hay que olvidar que el ébola, como virus, no deja de existir, y que puede reaparecer en cualquier momento. Para entonces, esperemos que todos los actores implicados -los ciudadanos, la OMS, las ONG y los gobiernos- hayan tomado nota de los errores y aciertos transcurridos durante estos dos larguísimos años.